Un cumpleaños entre amigos y cebollas
Fran y sus amigos convierten un típico domingo, triste y gris, en una fiesta culinaria un tanto singular. Entre todos, superan las dificultades que se presentan constantemente con tal de disfrutar de la compañía mutua y saborear ese manjar llamado calçot.Difícil comienzo
Todo comienza a las 12. Una llamada perdida en el móvil de Fran le indica que debe ir hacia casa de su amigo de metro noventa Sergi. A las doce y diez minutos, Fran, que ese día cumple 19 años, se presenta en casa de su amigo. Allí le esperan Oriol, José Luís, Jordi i Roger, algunos de sus amigos, que le felicitan efusivamente. “19 ya, ¿¡eh cabrón!?” dice Oriol. “Sí, estamos viejos” responde Fran. De repente baja Sergi y con un movimiento de cabeza da a entender que es la hora de iniciar la calçotada. Suben todos, del garaje al jardín. Un jardín ajado, repleto de malas hierbas, sillas rotas y restos de troncos quemados y objetos peligrosos variados: maderas con clavos oxidados, tochanas rotas, alambres o cristales que antaño fueron botellas. Y justo en el centro, una mesa de jardín destartalada que apenas se sostiene en pie.
Pese a la llovizna, que ha retrasado los planes y que cae incesante pero débil, Sergi, Oriol y Jordi deciden empezar a encender el fuego mientras Jose Luís y Fran van a recibir a los miembros de la panda que acaban de llegar. Ian y Jeni, pareja desde unos dos años y medio y Omar, que ha venido en moto y está notoriamente mojado. Al volver al jardín el fuego ya está encendido y la llovizna parece no mermar su fuerza. No obstante Sergi sabe que es imposible comer en esas condiciones y decide montar una pequeña carpa para resguardar a sus comensales de la lluvia. Entre todos montan la carpa, pero no sin problemas: “el palo B6 no encaja con el C3”, “esa cuerda no va ahí”, “si sigues tirando lo romperás todo” son frases del argot de “montadores de carpas” que se oyen en esos angustiosos momentos.
La quema del calçot
Pasado un buen rato desde la llamada perdida de Sergi a Fran se puede afirmar que todo está listo. La panda se divide en tres grupos: Roger, Jeni y José Luís que van a buscar los calçots, Oriol y Sergi que preparan la parrilla para hacer los calçots y Omar, Ian, Jordi y Fran que se dedican a hacer el cafre por el jardín, grabándolo todo con una cámara. Sobre la mesa destartalada, el trío anteriormente citado, prepara un total de 160 calçots: los limpian, les quitan las hojas más feas, los cortan y los agrupan para ir depositándolos sobre la inmensa parrilla. Cuando están todos listos los ponen en la parrilla, está oxidada y maltrecha, con las varillas dobladas y llena de rebabas, pero es artesanal, casera y despierta un cierto cariño hacia ella porque es algo creado con amor e ilusión.
Mientras el fuego ennegrece las verdes hojas de estos jugosos vegetales, los nueve se reúnen ante ese espectáculo, excepto cuando el viento cambia de dirección y crea una enorme nube de humo que asfixia a los presentes, en ese momento el grupo se disuelve por todo el jardín al ritmo de incesantes blasfemias. “Me cago en la virgen”, dice Fran. “Joder con el puto humo de los huevos”, replica Ian. “Lástima no se vaya el viento a tomar por culo”, añade Omar. No hay que añadir que el hambre crispa los ánimos pero estos se vuelven a calmar con la llegada de los dos boles repletos de salsa de romesco hecha por la madre de Sergi.
El comienzo de una masacre
Ya está a punto de empezar tal fiesta culinaria. Algunos de los calçots ya están en la mesa, dispuestos a ser devorados y tan solo hay que esperar a que se acaben de hacer los restantes. Mientras tanto, Roger, en un momento de extrema lucidez decide realizarse un babero con una bolsa de basura. Hace tres agujeros y se lo introduce por la cabeza como si de una camiseta se tratase. Se queda encallado. No obstante, Fran se dirige a él para ayudarle y, pese a algunas dificultades y al peligro que la bolsa (no hay que olvidar que era una simple bolsa de basura) se rompa, consigue que Roger luzca un práctico babero, brillante y con el logotipo de “Albal” por doquier. A la moda de Roger se suman José Luís, Sergi, Oriol y Fran. Poco después y con los ocho alrededor de la mesa (Omar no come calçots) se da luz verde a la comida.
Poco tarda en romperse ese típico silencio que se produce en las comidas cuando todo el mundo tiene la boca llena. Todos empiezan a aplaudir efusivamente a Ian por ser el primero en mancharse, por no haberse puesto babero y por haber marcado con romesco una sudadera de setenta euros. Ian, orgulloso y feliz, exhibe la sudadera con los brazos en alto a modo de celebración diciendo: “Da igual, como estoy forrao”. Las manchas no acaban aquí, pues siguiendo a Ian van Sergi, José Luís, Roger, en fin, todos.
Parece sorprendente la rapidez con la que desaparecen 160 calçots y la facilidad que tienen ocho personas en convertir una mesa mínimamente limpia en una superficie en la que el plástico del mueble ha quedado literalmente enterrado bajo capas y capas de basura: hojas requemadas de calçots, charcos de romesco, papel de diario, etc.
No obstante, la guinda final a tal fiesta gastronómica la pone el más alto del grupo, Sergi, cuando es retado a comerse uno de los pocos calçots que quedaban, sin quitarle las hojas quemadas. “¿A que no tienes huevos de comertelo a pelo?”, dice Ian apoyado por el resto. “Trae el romesco”, replica Sergi dispuesto a engullir ese calçot grande, jugoso y cubierto de una piel negra. Mientras lo baña en el romesco, sus amigos ríen pero en el momento en que Sergi se introduce ese vegetal con cara de vicioso, el semblante de los espectadores cambia totalmente; pasa de una sonrisa siniestra a una mueca de asco y en el momento en que Sergi dice que estaba bueno, todos vuelven a reír. Omar, el que más ríe, dice en voz alta: “¡A este le gusta todo lo que le echen!”.
Un final sin final
Una vez acabados los calçots, no acaba la calçotada. Ian recibe la llamada de Pau, el único de ellos con cinco cicatrices en la cabeza, para que le vaya a buscar. Casi al unísono, Jose Luís recibe la llamada de Judit porque también quiere ir. Así pues, Ian, Jose Luís y Fran se ponen en camino, en busca de Pau y Judit. En poco menos de diez minutos vuelven a casa de Sergi. Durante su breve ausencia, Alex ha llegado, ya son doce y la fiesta continúa.
Han pasado siete horas desde la llamada perdida que ha iniciado este festival, la gente está más calmada y deciden ver una película. Película que Fran no verá pues debe irse a casa para estar con su familia en el día de su cumpleaños, pero no le preocupa porque la fiesta seguirá y partirá contento por los buenos momentos y porque la fiesta seguirá. Siempre sigue y siempre lo hará.





1 Comments:
Hijo puta... Yo no me manche jajaj i tampoco luci mi mancha komo si estuviera en una pasarela...Eres un "mierdero"
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